Fernando Ruiz

Mucha agua ha pasado por debajo de los puentes de la izquierda latinoamericana desde el Foro de São Paulo en 1990. Un esfuerzo que fue muy exitoso en ubicar presidentes de izquierda a lo largo de toda Latinoamérica. Para muchos latinos, el progresismo representó una posibilidad de implementar un cambio de un modelo, acartonado y elitista, que se antojaba subsidiario de las políticas norteamericanas. También a ese conjunto informe y no muy acotado de ideas y políticas señaladas arteramente como ‘neoliberales’.

Estamos hoy en el mundo de la ironía inmediata. Esta misma semana, mientras un reconocido caricaturista se quejaba de cómo los periódicos cerraban espacios a esa forma de crítica, otro colega suyo —señalado por abuso familiar— soltaba en sus redes un panfleto, porque ninguna altura de caricatura tenía, demostrando la forma más execrable que un ser humano puede hacer sobre nuestra violencia y el dolor humano. Cómo cambia el mundo. Hoy, hablar de valores suena arcaico, a naftalina, a gente vieja que se quedó en el pasado.

El país entero está a la espera del texto de la Sentencia SU-277/2005 de la Corte Constitucional que revisa a fondo la intervención de la EPS Sanitas. De esa sentencia se desprenderán muchas demandas contra el gobierno nacional por las irregularidades de las intervenciones de EPS realizadas por la Superintendencia Nacional de Salud. Sin embargo, el daño ya está hecho. Solo en el caso de Sanitas los estados financieros revelan cómo, de un patrimonio positivo antes de la intervención del Gobierno, ocasionaron pérdidas patrimoniales por $ 1,2 billones para 2024.

Tiene razón el presidente al acusar a sus ministros de haber abandonado al Chocó, porque no se ha avanzado un céntimo en las condiciones de pobreza de los chocoanos. Tampoco en materia de salud, dicho departamento afrontó, en los años pasados, una de las mayores epidemias de malaria y dengue de la última década. Y ni hablar de la fiebre amarilla, donde actualmente no se ha cumplido la promesa de vacunar a toda la población, y mucho menos, al resto de colombianos.

Es sabido que la protección financiera que los sistemas de salud brindan a las familias suele analizarse a través del indicador del gasto de bolsillo. Si estas tienen que cubrir sus gastos de salud de su propio pecunio, un sistema de salud no sirve para nada. En un contexto político tan tóxico como el que vivimos en la actualidad, una reforma a la salud solo puede conducir al desastre.

Parece que nuestra tragedia nunca va a terminar. Creímos, algunos, que la violencia en Colombia cada vez sería parte del pasado y que nuestros hijos, las nuevas generaciones, podrían disfrutar de una sociedad diferente basada en la convivencia y la cohesión. Pero ese sueño que venía escudado en una nueva generación que no le tocó vivir Gaitanes, ni Galanes, ni Laras, ni Gómez. Pensamos que tendrían la posibilidad disfrutar de un nuevo futuro.Sin embargo, el atentado contra Miguel Uribe nos despertó, de una vez por todas, de ese sueño.

El notorio fracaso del paro nacional convocado por el Gobierno debe invitarnos a hacer un análisis más allá de los señalamientos. El Gobierno tendrá que hacer también esa reflexión, en frío, considerando las implicaciones que este resultado arrojó sobre su gobernabilidad y el mismo futuro de la coalición que pretende construir para las siguientes elecciones.Al Gobierno le fallaron todos sus cálculos: de los millones esperados solo salieron a la calle unos cuantos. Fue muy notoria la falla en su bastión más importante, Bogotá.

¿Debe la política ser referente sobre la forma en que debemos tratarnos los ciudadanos? ¿Están obligados los políticos a guardar una especial compostura cuando se dirigen a sus contrincantes o ciudadanos? ¿Cuándo la vulgaridad y ramplonería se han transformado en valores de intercambio social?

La salud pública no se puede manejar por Twitter (X). Los anuncios del presidente de vacunar a toda la población colombiana, como estrategia para controlar la fiebre amarilla, deben generar honda preocupación. Tanto el Instituto Nacional de Salud (INS), como el Ministerio de Salud, deberían salir al paso y darle alcance a esa estrategia, así signifique contradecir al presidente.

Se les vino encima y los cogió dormidos. En los últimos cuarenta años la fiebre amarilla en Colombia dejó de generar grandes brotes urbanos y pasó a manifestarse solo de forma esporádica en zonas selváticas, pero nunca dejó de representar un riesgo. Desde el año pasado ya se venía registrando un aumento atípico de casos en algunos municipios del centro del país, con circulación confirmada del virus en áreas donde no solía aparecer.